Las mujeres filipinas asiático

Las "reformas de mercado" en China: Un análisis trotskista ¡Defender al estado obrero deformado chino! ¡Por la revolución política proletaria! (1 - 2) (Primavera de 2007)

2016.05.24 15:28 ShaunaDorothy Las "reformas de mercado" en China: Un análisis trotskista ¡Defender al estado obrero deformado chino! ¡Por la revolución política proletaria! (1 - 2) (Primavera de 2007)

https://archive.is/mnbfW
Espartaco No. 27 Primavera de 2007
Las "reformas de mercado" en China: Un análisis trotskista
¡Defender al estado obrero deformado chino! ¡Por la revolución política proletaria!
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard Nos. 874 y 875 (4 de agosto y 1º de septiembre de 2006), periódico de nuestros camaradas de la Spartacist League/U.S.
Hace dos años, dos intelectuales estadounidenses de izquierda, Martin Hart-Landsberg y Paul Burkett, produjeron una severa y amplia condena a la economía china de la era de “reformas” desde una perspectiva supuestamente marxista. Su artículo, “China y el socialismo: Reformas de mercado y lucha de clases”, fue publicado originalmente en Monthly Review (julio-agosto de 2004) y subsecuentemente publicado como libro. En particular, los autores se dirigen a los intelectuales “progresistas” que consideran a China un modelo exitoso de desarrollo económico alternativo a las “reformas estructurales” del neoliberalismo, dictadas por el imperialismo estadounidense y el Fondo Monetario Internacional, que han devastado a muchos países subdesarrollados. Hart-Landsberg y Burkett escriben: “No sólo discrepamos con los progresistas que ven en China un modelo de desarrollo (sea socialista o no); pensamos que el proceso por el cual llegaron a esta posición subraya un problema aún más serio: el rechazo general del marxismo por la comunidad progresista.”
Entre los “progresistas” con quienes discrepan está Victor Lippit, quien, con sus copensadores en Critical Asian Studies (37:3 [2005]), respondió con algunos estudios críticos de “China y el socialismo”. A su vez, Hart-Landsberg y Burkett escribieron una larga réplica (Critical Asian Studies 37:4 [2005]).
Lippit, un político liberal que por mucho tiempo ha estudiado la economía china, es básicamente un partidario del programa de “reformas” orientadas al mercado, aunque con algunas críticas de izquierda. Por ejemplo, lamenta el deterioro en los sistemas de salud pública, especialmente en el campo, como “vergonzoso”. Para él, el régimen de Beijing debería gastar muchos más recursos en el cuidado de la salud, la educación y el mejoramiento de las condiciones de la población rural, incluso a costa de la reducción, por corto tiempo, del crecimiento económico como se mide convencionalmente. No obstante, Lippit es definitivamente un optimista sobre China; cita un estudio de Goldman Sachs, un banco inversionista de Wall Street, que proyecta que el producto interno bruto de China habrá sobrepasado al de Estados Unidos para 2041.
A pesar de sus diferencias, Hart-Landsberg y Burkett por un lado y Lippit por el otro comparten ciertas premisas básicas. Todos mantienen equivocadamente que las “reformas” orientadas al mercado han tenido como resultado la restauración del capitalismo en China y además que esto era inevitable. Para Lippit, la modernización de China requiere una continuación e incluso una integración cada vez mayor al sistema capitalista mundial. Él sostiene que “el capitalismo tendrá que haber concluido su papel histórico antes de que éste pueda ser suplantado”, agregando que “el capitalismo de estado benefactor del tipo de la Europa continental puede ser lo mejor que puede hacerse en el presente”. Para Hart-Landsberg y Burkett, un programa socialista en China o donde sea —el cuál identifican con la fórmula confusionista de una “economía centrada en los trabajadores y la comunidad”— debe tener poco o nada de comercio con los males corruptores del mercado capitalista mundial.
De manera más crucial, todos rechazan la posibilidad de revoluciones socialistas proletarias en los países capitalistas avanzados en cualquier periodo de tiempo históricamente significativo. Lippit lo hace explícitamente, Hart-Landsberg y Burkett implícitamente. Por tanto, la perspectiva trotskista de la modernización de China en el contexto de una economía socialista integrada y planificada a escala mundial está fuera de las fronteras conceptuales de estos protagonistas. Pero este marco, la antítesis del dogma nacionalista maoísta-estalinista de construir el “socialismo en un solo país”, es el único camino para la completa liberación de los trabajadores y las masas campesinas de China.
China hoy: Mitos y realidades
El gobernante Partido Comunista Chino (PCCh) bajo Deng Xiaoping introdujo su programa de reformas orientadas al mercado pocos años después de la muerte de Mao Zedong en 1976. Esto incluyó abrir a China a un enorme volumen de inversión directa de capital concentrado en la manufactura, que subsecuentemente atrajo, por parte de corporaciones occidentales y japonesas y de la burguesía China de ultramar. Los ideólogos burgueses convencionales han señalado el impresionante crecimiento económico de China, especialmente industrial, como prueba positiva de la superioridad de un sistema impulsado por el mercado sobre una economía centralmente planificada y colectivizada (despectivamente llamada “economía comandada” socialista). Por su parte, Lippit es representante de una capa de intelectuales de centro-izquierda que sostienen que China es un excelente ejemplo de una estrategia económica antineoliberal exitosa, basada en un nivel significativo de propiedad estatal y sobre todo en la dirección estatal de la economía.
Esta última perspectiva tiene el mérito de reconocer, a su manera, que los elementos centrales de la economía china, establecida después del derrocamiento del sistema capitalista con la Revolución de 1949, permanecen colectivizados. Las empresas estatales son dominantes en el sector estratégico industrial, tal como el acero, metales no ferrosos, maquinaria pesada, telecomunicaciones, energía eléctrica y refinación y extracción de petróleo. La nacionalización de la tierra ha impedido el surgimiento de una clase de capitalistas agrarios a gran escala que dominen socialmente al campo. El volumen de superávit económico generado fuera del sector de propiedad extranjera es canalizado tanto a los bancos estatales como a la tesorería gubernamental. El control efectivo del sistema financiero ha permitido hasta ahora al régimen de Beijing proteger a China de los movimientos volátiles del capital monetario especulativo que periódicamente causan grandes estragos en los países capitalistas neocoloniales desde el este de Asia hasta América Latina.
Ahora es un lugar común a través de todo el espectro político y geográfico, desde los voceros del régimen del PCCh hasta los analistas de Wall Street, proclamar que China ha avanzado mucho en el camino para convertirse en una “superpotencia” económica mundial hacia la mitad del siglo XXI. Esta perspectiva ignora la vulnerabilidad económica de China en sus relaciones con el mercado capitalista mundial. Ignora la implacable hostilidad de la burguesía imperialista, sobre todo de la clase gobernante estadounidense, hacia la República Popular China, un estado obrero burocráticamente deformado resultado de la Revolución de 1949. Es más, ignora la inestabilidad interna de la sociedad china, la cual ha visto un significativo y creciente nivel de protestas sociales contra las consecuencias del mal gobierno burocrático del PCCh.
En los últimos años, la estrategia económica seguida por el régimen del PCCh ha sido diseñada para lograr un enorme superávit en la balanza comercial con Estados Unidos, lo cual ha llevado a China a ser el más grande poseedor de reservas de divisas extranjeras en el mundo. Esto ha generado crecientes presiones por un proteccionismo económico antichino en los círculos gobernantes estadounidenses. En cualquier caso, tan solo el tamaño del déficit comercial con China será insostenible. Un mayor declive económico en Estados Unidos y/o medidas proteccionistas antiimportación significarían un severo golpe a la economía industrial china. Operaciones de propiedad extranjera y de propiedad conjunta y compañías privadas chinas, así como algunas empresas estatales cuya producción está orientada al mercado de exportación, serían forzadas a llevar a cabo grandes recortes de producción y despidos tanto de obreros industriales como de empleados de oficina. Esto tendría un fuerte efecto depresivo en toda la economía china.
Recientemente, China ha empezado a abrir parcialmente sus bancos a la propiedad extranjera. Si los banqueros de Wall Street, Frankfurt y Tokio adquieren un grado significativo de control sobre el sector financiero chino, los efectos económicos serán probablemente terribles. Algunas empresas estatales grandes con amplias deudas podrían ser forzadas a disminuir la producción y recortar las nóminas. Incluso podría haber un peligro real de una inesperada y masiva retirada de capital monetario, tal como la que provocó la crisis financiera y económica en el este asiático a finales de la década de 1990.
Según la opinión pública burguesa convencional, el capitalismo ya ha sido restaurado en China o está siendo rápida e irreversiblemente restaurado. Sin embargo, como fue el caso de la antigua Unión Soviética, la arena decisiva en la cual una contrarrevolución capitalista tendría que triunfar es al nivel político, en la conquista del poder estatal, no simplemente mediante una extensión cuantitativa del sector privado, ya sea doméstico o extranjero. A su propia manera, la burguesía imperialista, en especial la clase dominante estadounidense, entiende muy bien lo anterior. De ahí el abierto respaldo de los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra hacia los partidos y fuerzas agresivamente anticomunistas en el enclave capitalista de Hong Kong, una antigua colonia británica que es la única parte de la República Popular China (excepto Macao) donde el PCCh no ejerce el monopolio del poder y organización políticos. Por ende, también los gobernantes de Estados Unidos insisten en la necesidad de una “liberación política” en China.
Aspirando a repetir la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética en 1991-92, los imperialistas quieren promover una oposición política anticomunista en China, basada principalmente en la nueva clase de empresarios capitalistas y los elementos entre los funcionarios del PCCh y el estrato de gerentes-profesionistas-tecnócratas atados estrechamente al capital nacional y extranjero.
Al mismo tiempo, el imperialismo estadounidense ha estado incrementando la presión militar sobre China, construyendo bases en Asia Central, intentando rodear a China con instalaciones militares y estableciendo un pacto con Japón el año pasado para defender el bastión capitalista de Taiwán, cuya burguesía sostiene considerables inversiones en la China continental. El Pentágono está tratando de llevar a cabo una estrategia abiertamente anunciada por la pandilla de Bush en Washington para neutralizar el pequeño arsenal nuclear de China en caso de un primer ataque nuclear estadounidense. Como trotskistas, estamos por la defensa militar incondicional de China y los estados obreros burocráticamente deformados restantes —Corea del Norte, Vietnam y Cuba— ante un ataque imperialista y la contrarrevolución capitalista. En particular, apoyamos las pruebas y posesión de armas nucleares de China y Corea del Norte, como una medida disuasiva necesaria contra un chantaje nuclear imperialista.
A pesar y en parte debido a su rápido crecimiento económico y especialmente industrial, China ha llegado a ser una caldera hirviente de descontento popular. Un enorme y estratégicamente poderoso proletariado industrial enfrenta a una sociedad de absoluta y creciente inequidad y desigualdad. Como parte de sus reformas orientadas al mercado, el régimen estalinista de Beijing ha dejado sin recursos financieros al servicio de salud pública y la educación primaria, cuando, más que nunca antes, tales recursos están disponibles para solventar las necesidades básicas del pueblo trabajador chino. Han ocurrido extensas y continuas protestas obreras contra despidos en empresas estatales, por salarios, pensiones y otras prestaciones no pagadas, y abusos similares. Furiosas protestas de campesinos son muy comunes en el campo, y frecuentemente incluyen enfrentamientos violentos con la policía, contra la toma de tierras por parte de funcionarios locales del PCCh dedicados a la especulación inmobiliaria.
La burocracia gobernante está claramente dividida entre los elementos que quieren que las “reformas” económicas continúen sin perder intensidad, y los que quieren más intervención estatal para frenar los estragos de la mercantilización y, por lo tanto, contener el descontento, y otros que procuran regresar a la economía burocráticamente planificada. En algún punto, probablemente cuando los elementos burgueses de dentro y alrededor de la burocracia se movilicen para eliminar el poder político del PCCh, las múltiples tensiones sociales explosivas de la sociedad china harán estallar en pedazos la estructura política de la casta burocrática gobernante. Y cuando eso pase, el destino del país más poblado de la Tierra será planteado agudamente: ya sea por una revolución política proletaria que abra el camino al socialismo o el regreso a la esclavitud capitalista y la subyugación imperialista.
Nosotros estamos por una revolución política proletaria que barra con la opresiva y parasitaria burocracia estalinista y la remplace con un gobierno basado en consejos de obreros y campesinos democráticamente electos. Tal gobierno, bajo la dirección de un partido leninista-trotskista, restablecería una economía centralmente planificada y administrada —incluyendo el monopolio estatal del comercio exterior— no por el arbitrario “comandismo” de una casta burocrática excluyente (que ha producido desastres tales como el del “Gran Salto Adelante” de Mao a finales de los años 50), sino por la más amplia democracia proletaria. Este gobierno expropiaría a la recién surgida clase de empresarios capitalistas chinos y renegociaría los términos de la inversión extranjera según los intereses de la población obrera china, insistiendo, por ejemplo, en mantener las condiciones de los trabajadores por lo menos al mismo nivel que en el sector estatal. Un gobierno obrero revolucionario en China promovería la colectivización voluntaria de la agricultura sobre la base del cultivo mecanizado y científico a gran escala, reconociendo que esto requiere ayuda material sustancial de revoluciones obreras exitosas en los países económicamente más avanzados.
Una revolución política proletaria en China alzando la bandera del internacionalismo socialista sacudiría en verdad al mundo. Haría añicos el clima ideológico de la “muerte del comunismo” propagado por las clases gobernantes imperialistas desde la destrucción de la Unión Soviética. Radicalizaría al proletariado de Japón, la fuerza industrial y el amo imperialista del este asiático. Provocaría una lucha por la reunificación revolucionaria de Corea —mediante una revolución política en la asediada Corea del Norte y una revolución socialista en la Corea del Sur capitalista— y reverberaría entre las masas del sur de Asia, Indonesia y las Filipinas, subyugadas por la austeridad imperialista. Sólo mediante el derrocamiento del dominio de la clase capitalista internacionalmente, particularmente en los centros imperialistas de América del Norte, Europa Occidental y Japón, puede conseguirse la completa modernización de China como parte de un Asia socialista. Es con el fin de proporcionar la dirección necesaria del proletariado en estas luchas que la Liga Comunista Internacional lucha por reforjar la IV Internacional de Trotsky, el partido mundial de la revolución socialista.
El desarrollo económico y la perspectiva mundial comunista
La diferencia entre Hart-Landsberg y Burkett por un lado y Lippit por el otro no es fundamentalmente sobre una evaluación empírica de las condiciones socioeconómicas cambiantes en China durante el pasado cuarto de siglo de la era de “reformas”. Por supuesto que tienen diferencias importantes al respecto —por ejemplo, sobre en qué medida cuantitativa se ha superado la pobreza—. Pero lo que básicamente separa a Hart-Landsberg y Burkett de Lippit es lo que podría nombrarse una jerarquía de valores diferente. Los primeros elevan los antiguos valores de igualdad y comunalidad por encima de la expansión de las fuerzas productivas, ignorando que esto último es una condición necesaria para la liberación de la mayoría de la humanidad de la escasez y el trabajo penoso. Así, argumentan en su réplica: “El éxito de China según los criterios de desarrollo estándares (crecimiento económico, afluencias de inversión extranjera directa y exportaciones), lejos de crear las condiciones para el éxito real o potencial en lo referente al bienestar humano, pudo haber minado, en cambio, las condiciones del desarrollo humano para la mayoría de la población trabajadora china.”
No menos que Lippit, o incluso que los partidarios del neoliberalismo, Hart-Landsberg y Burkett creen que el capitalismo en su presente forma “globalizada” se ve forzado a maximizar el crecimiento económico medido a través del incremento de los bienes y servicios. Esto es directamente contrario al entendimiento marxista de que el modo de producción capitalista y el sistema estado-nación, los cuales están enraizados en el impulso por la acumulación privada de ganancias, detienen el desarrollo progresista de las fuerzas productivas a escala mundial. Un ejemplo es el profundo y creciente empobrecimiento de las masas del África semicolonial, América Latina y partes de Asia.
Escribiendo a principios de los años 30 en el contexto de la depresión económica mundial y el resurgimiento de las rivalidades interimperialistas que pronto llevaron a la Segunda Guerra Mundial, León Trotsky explicó:
“El capitalismo se ha sobrevivido a sí mismo como sistema mundial. Ha dejado de cumplir su misión esencial, el incremento del poder y el bienestar humano. La humanidad no puede permanecer en el nivel que ha alcanzado. Sólo un poderoso incremento en las fuerzas productivas y una organización de la producción y la distribución racional y planificada, esto es, socialista, puede asegurar a la humanidad —a toda la humanidad— un nivel de vida decente y al mismo tiempo darle el precioso sentimiento de libertad con respecto a su propia economía. Libertad en dos sentidos —primero que nada, el hombre no estará más obligado a dedicar la mayor parte de su vida al trabajo físico. Segundo, ya no será más dependiente de las leyes del mercado…
“La tecnología liberó al hombre de la tiranía de los viejos elementos —tierra, agua, fuego y aire— sólo para sujetarlo a su propia tiranía. El hombre dejó de ser un esclavo de la naturaleza para convertirse en un esclavo de la máquina, y todavía peor, un esclavo de la oferta y la demanda. La actual crisis mundial testifica de manera especialmente trágica cómo el hombre, que se sumerge al fondo del océano, que se eleva a la estratosfera, que conversa a través de ondas invisibles con las antípodas, cómo este orgulloso y osado gobernante de la naturaleza permanece siendo esclavo de las fuerzas ciegas de su propia economía. La tarea histórica de nuestra época consiste en remplazar el incontrolable papel del mercado por la planeación razonable, disciplinando las fuerzas de la producción, obligándolas a trabajar juntas en armonía y obedientemente para servir a las necesidades de la humanidad. Sólo sobre esta nueva base social el hombre será capaz de estirar sus cansados miembros y —todo hombre y toda mujer, no sólo unos pocos seleccionados— convertirse en un ciudadano completo en el reino del pensamiento.”
—“En defensa de la Revolución Rusa” (1932), reimpreso en Leon Trotsky Speaks [Discursos de León Trotsky] (1972)
Esta genuina visión marxista del futuro es completamente ajena al pensamiento de Hart-Landsberg y Burkett.
Panaceas anarco-populistas...
Lo que Hart-Landsberg y Burkett contraponen al neoliberalismo es la noción de una “economía centrada en los trabajadores y la comunidad”. Tanto el término como el concepto son totalmente ajenos al marxismo. “Comunidad” es un término convencional burgués que sirve para oscurecer las divisiones de clase y los conflictos de intereses en la sociedad. Aplicada en particular a China, la noción de una “economía centrada en los trabajadores y la comunidad” oscurece la diferencia de clases entre los trabajadores y los campesinos. El último es un estrato pequeñoburgués cuyos ingresos se derivan de la propiedad y venta de bienes. Los campesinos tienen un interés material en que los productos comestibles y otros productos agrícolas que ellos venden tengan precios altos en comparación con los precios de los bienes manufacturados que deben comprar tanto para la producción (por ejemplo, fertilizantes químicos, equipo de cultivo) como para el consumo personal. Además, el interés de los campesinos por los precios altos en los productos comestibles no es eliminado mediante la transformación de las parcelas familiares en colectivos agrícolas. El ingreso para los miembros de los colectivos sigue dependiendo en gran medida de los precios que reciben al vender su producción, ya sea a una agencia gubernamental de aprovisionamiento o en el mercado privado.
A pesar de declararse marxistas, la perspectiva de Hart-Landsberg y Burkett equivale a una forma de anarco-populismo. Su noción de una “economía centrada en los trabajadores y la comunidad” tiene una afinidad con el clásico programa de una federación de comunas políticamente autónomas y en gran medida económicamente autosuficientes asociado con el aventurero anarquista Mijaíl Bakunin en el siglo XIX. Esto puede observarse en la naturaleza de su crítica a la economía china durante la era de Mao, al sostener que la sobrecentralización de la economía fue ineficiente y, de manera más importante, al identificar implícitamente una economía centralmente planificada con control político autoritario:
“La planificación económica se había vuelto sobrecentralizada y, conforme la economía se volvía más compleja, incapaz de responder efectiva y eficientemente a las necesidades de la gente...
“Había una necesidad crítica de construir sobre la solidez de los logros obtenidos por China en el pasado y de conferir poder a los obreros y campesinos para crear nuevas estructuras de toma de decisión y planificación. Entre otras cosas, esto implicaba una reestructuración y descentralización de la economía y de la toma de decisiones por parte del estado para aumentar el control directo de los productores asociados sobre las condiciones y productos de su trabajo.”
Hart-Landsberg y Burkett condenan las crecientes desigualdades generadas por el programa de “reformas” orientadas al mercado. No obstante, lograr un nivel uniforme de salarios y prestaciones en todas las diferentes empresas, industrias y regiones necesariamente requiere una economía centralmente administrada. Solamente un sistema así es capaz de redistribuir los recursos económicos de las empresas, industrias y regiones más productivas hacia las menos productivas.
En las aproximadamente 150 páginas de “China y el socialismo” y la réplica a Lippit y otros, Hart-Landsberg y Burkett no explican cómo una “economía centrada en los trabajadores y la comunidad” funcionaría en los hechos. La mayor parte del tiempo usan esa formulación como un mantra para espantar a los males del neoliberalismo. En algún momento dan como un ejemplo hipotético “la creación de un sistema nacional de salud”, explicando que:
“esto requeriría desarrollar una industria de la construcción para edificar clínicas y hospitales, una industria farmacéutica para tratar enfermedades, una industria de máquinas-herramientas para hacer equipo, una industria de programas de computación para llevar un registro y un sistema educativo para entrenar doctores y enfermeras, etc., todo determinado por el desarrollo de las necesidades y capacidades de la población a los niveles local, nacional y regional.”
En ningún lugar mencionan las instituciones políticas y mecanismos económicos estructurales necesarios para lograr esta loable tarea. ¿Cómo se determinaría la fracción del total de recursos económicos disponibles a gastar en el sistema de salud, y no en otras necesidades tales como la inversión en la expansión industrial y la infraestructura, defensa militar, educación, pensiones, etc.? La coordinación de actividades económicas diferentes (por ejemplo construcción, equipo médico, programas de computación) para desarrollar el sistema de salud requeriría una planificación y administración centralizada. Tal sistema es totalmente compatible con la participación democrática activa de los trabajadores en el lugar de producción, por ejemplo, aconsejando sobre el mejor uso de la tecnología, estableciendo y reforzando estándares seguros, manteniendo una disciplina laboral y cosas por el estilo. La división del total de los recursos económicos entre necesidades contendientes debería ser debatida y decidida en el nivel más alto de un gobierno basado en la democracia proletaria, es decir, un gobierno de consejos obreros y campesinos. La democracia proletaria es esencial para el funcionamiento racional de una economía planificada.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/27/china.html
submitted by ShaunaDorothy to Espartaco [link] [comments]


2016.05.21 19:23 ShaunaDorothy China: ¡Defender, extender las conquistas de la Revolución de 1949! ¡Por la revolución política obrera para echar a la burocracia estalinista ¡Derrotar la campaña imperialista de contrarrevolución! ¡Por una China de consejos obreros y campesinos en un Asia socialista! (1 - 2) (2004)

https://archive.is/6nOp7
China: ¡Defender, extender las conquistas de la Revolución de 1949! ¡Por la revolución política obrera para echar a la burocracia estalinista!
¡Derrotar la campaña imperialista de contrarrevolución!
¡Por una China de consejos obreros y campesinos en un Asia socialista!
Reproducido de Espartaco No. 22, invierno de 2004.
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard Nos. 814 y 815, periódico de la Spartacist League/U.S., 21 de noviembre y 5 de diciembre de 2003.
La República Popular China (RPCh) nació de la Revolución de 1949 que, pese a sus profundas deformaciones burocráticas, fue una revolución social de relevancia histórico-mundial. Cientos de millones de campesinos se levantaron y tomaron la tierra en la que sus ancestros habían sido cruelmente explotados desde tiempos inmemoriales. El dominio de los asesinos señores de la guerra, de los usureros chupasangre, de los rapaces terratenientes y de la execrable burguesía fue destruido.
La creación de una economía centralmente planificada y colectivizada sentó las bases para un enorme salto en el progreso social y para el avance de China desde su abyecto atraso campesino. La revolución permitió a la mujer avanzar grandes pasos desde su miserable condición anterior, simbolizada por la práctica bárbara del vendaje de pies. Una nación que por un siglo había sido desgarrada y dividida por potencias extranjeras fue unificada y liberada de la subyugación imperialista.
Sin embargo, la Revolución de 1949 estuvo deformada desde su origen bajo el gobierno del régimen del Partido Comunista Chino (PCCh) de Mao Zedong, que representaba una casta burocrática nacionalista que descansaba sobre la economía colectivizada. A diferencia de la Revolución de Octubre de 1917 rusa, que fue llevada a cabo por un proletariado consciente de clase guiado por el internacionalismo bolchevique de Lenin y Trotsky, la Revolución China fue el resultado de una guerra de guerrillas campesina dirigida por las fuerzas estalinistas-nacionalistas de Mao. Siguiendo el patrón de la burocracia estalinista que en la URSS había usurpado el poder político del proletariado, el régimen de Mao predicó la noción profundamente antimarxista de que el socialismo —una sociedad igualitaria y sin clases basada en la abundancia material— podía construirse en un solo país. En la práctica, el "socialismo en un solo país" en China, como en la URSS de Stalin y sus herederos, significó la oposición a la perspectiva de la revolución obrera internacionalmente y la acomodación al imperialismo mundial.
En particular, la alianza de China con el imperialismo estadounidense contra la Unión Soviética, que comenzó bajo el gobierno de Mao a principios de la década de 1970 y fue continuada por su sucesor, Deng Xiaoping, contribuyó con el tiempo a la destrucción de la URSS mediante una contrarrevolución capitalista en 1991-92. Ésta fue una derrota histórica para la clase obrera internacional y para los pueblos oprimidos alrededor del mundo. El periodo postsoviético ha visto el incremento de la presión —económica, política y militar— del imperialismo mundial, y especialmente estadounidense, sobre China. Así, el Pentágono ha estado persiguiendo activamente planes para tener la capacidad de un ataque nuclear "preventivo" eficaz contra el pequeño arsenal nuclear de China, una estrategia proclamada abiertamente por la pandilla de Bush en Washington.
La Liga Comunista Internacional está por la defensa militar incondicional del estado obrero deformado chino contra el ataque imperialista y la contrarrevolución capitalista. La clase obrera china debe barrer a la burocracia estalinista, que ha debilitado gravemente el sistema de propiedad nacionalizada internamente mientras concilia con el imperialismo a nivel internacional. Estamos por una revolución política proletaria que ponga el poder político en manos de consejos obreros y campesinos. La tarea urgente que enfrenta el proletariado chino es construir un partido leninista-trotskista, parte de una IV Internacional reforjada, para preparar y dirigir esta revolución política, poniéndose al frente de las masas trabajadoras y dirigiendo las luchas espontáneas y localizadas de los obreros hacia la toma del poder político.
¿Está restaurando el PCCh el capitalismo en China?
Desde que el régimen de Deng introdujo las "reformas" económicas orientadas al mercado a principios de la década de 1980, una corriente cada vez más influyente de opinión burguesa occidental ha mantenido que el propio Partido Comunista está restaurando gradualmente el capitalismo en China mientras mantiene un estrecho control sobre el poder político. Esta postura fue presentada amplia y ruidosamente a finales de 2002 cuando el XVI Congreso del PCCh legitimó la membresía partidista a empresarios capitalistas. "China da la espalda al comunismo para unirse a la Larga Marcha de los capitalistas" era un encabezado típico en la prensa occidental, en este caso del Guardian de Londres (9 de noviembre de 2002).
De hecho, este congreso no introdujo un cambio significativo ni en la composición social del PCCh, que después de todo tiene 66 millones de miembros, ni en su ideología funcional. Según una encuesta oficial, de los dos millones de propietarios de negocios privados de China, 600 mil son miembros del partido y lo han sido por algún tiempo. La enorme mayoría de éstos eran viejos cuadros gerenciales del PCCh que se apropiaron de las pequeñas empresas estatales que administraban cuando éstas fueron privatizadas en los últimos años.
Algunos grupos que alegan falsamente ser trotskistas han hecho suya la noción ahora convencional en los círculos burgueses occidentales de que el "camino capitalista" ha triunfado definitivamente entre los que gobiernan China. Comentando respecto al XVI Congreso del PCCh, la tendencia de Peter Taaffe centrada en Gran Bretaña escribió: "China va camino a la restauración completa del capitalismo, pero la camarilla gobernante está tratando de hacer esto gradualmente y manteniendo su control autoritario y represivo" (Socialist, 22 de noviembre de 2002). Al etiquetar al gobierno de China como un régimen "autoritario" de restauración capitalista, los taaffistas y los de su calaña pueden justificar su apoyo a fuerzas anticomunistas apoyadas por el imperialismo en China en nombre de promover la "democracia", igual que como apoyaron la contrarrevolución "democrática" de Boris Yeltsin en la URSS en 1991.
Al sostener que China sigue siendo una expresión burocráticamente deformada de poder estatal proletario, nosotros no negamos ni minimizamos el creciente peso social en China de los empresarios capitalistas recién establecidos en territorio continental y de la vieja burguesía china establecida en Taiwan y Hong Kong. Muchos funcionarios de primer rango del gobierno y/o del partido tienen un hijo, un hermano menor, un sobrino o (como en el caso del presidente de China Hu Jintao) un yerno que es empresario privado.
Sin embargo, el poder político del cuerpo central de la burocracia estalinista de Beijing sigue basándose en el núcleo de elementos colectivizados de la economía China. Además, las políticas económicas del régimen del PCCh siguen restringidas por temor al disturbio social —y especialmente obrero— que pudiera derrocarlo. Esto estuvo cerca de suceder en 1989, cuando protestas centradas en los estudiantes por la liberalización política y contra la corrupción desataron una revuelta obrera espontánea que luego fue suprimida con un gran derramamiento de sangre por unidades del ejército leales al régimen. (Para conocer más sobre esta incipiente revolución política proletaria, ver: "China: ¡Por la revolución política proletaria!" folleto del GEM, octubre de 1989.)
Una contrarrevolución capitalista en China (como sucedió en Europa Oriental y la antigua URSS) estaría acompañada por el colapso del bonapartismo estalinista y la fracturación política del gobernante Partido Comunista. Las políticas económicas del régimen estalinista de Beijing que alientan la empresa capitalista (y el correspondiente giro a la derecha de la postura ideológica formal de la burocracia) han fortalecido cada vez más a las fuerzas sociales que originarán las fracciones y partidos abiertamente contrarrevolucionarios apoyados por el imperialismo cuando el PCCh ya no pueda mantener su actual monopolio del poder político. Hoy, esto puede verse con claridad en el enclave capitalista de Hong Kong, la única parte de la RPCh donde existen partidos burgueses de oposición. El verano pasado, el Partido Demócrata de Hong Kong organizó protestas anticomunistas masivas abiertamente apoyadas por el gobierno de Bush en Washington y sus socios menores en Londres (ver: "Hong Kong: ¡Expropiar a la burguesía!" en WV No. 814, 12 de noviembre de 2003).
Sujian Guo, un intelectual de derecha emigrado a EE.UU., publicó un artículo interesante en el Journal of Contemporary China (agosto de 2003) en el que disiente de la noción de que China ya se volvió capitalista, o lo está haciendo rápidamente ("La reforma de la propiedad en China: ¿En qué dirección y hasta qué punto?"). Según una breve ficha biográfica, Guo fue un "antiguo analista de políticas en el Comité Central del partido en China". Dada su actual inclinación ideológica, Guo minimiza el crecimiento de los elementos capitalistas en la economía china y atribuye a los altos mandos del PCCh una convicción continua en el socialismo, al menos a largo plazo histórico. Pero este anticomunista partidario del capitalismo del "libre mercado" comprende una verdad elemental que no entienden muchos izquierdistas, incluyendo a supuestos marxistas:
"Cómo privatizar una enorme propiedad estatal dentro del marco de la estructura y el sistema políticos existentes es realmente problemático y técnicamente irrealizable. La experiencia de otros antiguos países comunistas ha mostrado que no existe un solo caso de privatización exitosa con el partido comunista conservando el poder y con su sistema político intacto."[énfasis en el original]
También los líderes del PCCh vieron lo que pasó en las "democracias populares" de Europa Oriental y en la antigua URSS a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, sacaron sus propias lecciones y actuaron correspondientemente. También sacaron lecciones de la revuelta de Tiananmen de 1989 que amenazó con su propia caída. Decidieron que no habría liberalización política ni siquiera en el nivel académico/intelectual. El régimen de Jiang Zemin, que sustituyó a Deng cuando éste murió en 1997, logró impedir toda oposición fraccional organizada en el que históricamente ha sido un partido estalinista gobernante bastante fraccionado. No parece haber ningún movimiento o medio disidente significativo en el territorio continental ni a la izquierda ni a la derecha de la dirección central del PCCh.
La más reciente ilusión del estalinismo chino
La elevada tasa de crecimiento económico de China en los últimos años —que además tuvo lugar en medio de una recesión capitalista mundial generalizada— ha producido un cierto estado de ánimo triunfalista entre los dirigentes, los cuadros y los intelectuales afiliados al PCCh. Uno encontraría un estado de ánimo muy distinto entre los millones de obreros que han sido despedidos de empresas estatales, los empobrecidos migrantes que vienen del campo y los campesinos pobres que apenas logran subsistir trabajando pequeñas parcelas con instrumentos rudimentarios. Pero entre los intelectuales chinos de opiniones políticas prevalecientes puede escucharse cada vez más la noción de que su país de algún modo ha encontrado un camino intermedio entre la anarquía capitalista del "libre mercado" y la rigidez de la "economía dirigida" del viejo estilo estalinista.
Cuando eran más jóvenes, Jiang Zemin, Hu Jintao y los demás indudablemente suscribían la doctrina maoísta-estalinista de que China estaba "construyendo el socialismo" con sus propios esfuerzos y sin ninguna ayuda. Ahora ven esto como un producto del "pensamiento dogmático" y a sí mismos como realistas prácticos que confrontan al resto del mundo como realmente es y lidian con él. Pero Jiang, Hu y sus secuaces están guiados por delirios de grandeza que sobrepasan las fantasías más descabelladas del Presidente Mao.
Los actuales dirigentes del PCCh creen que pueden modernizar a China y transformarla en una gran potencia mundial —y de hecho en la superpotencia global del siglo XXI— mediante una integración cada vez mayor en la economía mundial capitalista. Realmente creen que pueden controlar y manipular al Citibank, al Deutsche Bank y al Banco de Tokio-Mitsubishi para ayudar a desarrollar a China de manera que en una o dos generaciones haya sobrepasado a Estados Unidos, Alemania y Japón. Creyendo transformar a China en una superpotencia global, lo que están haciendo es despejar el camino para que China regrese a la era prerrevolucionaria de subyugación irrestricta al imperialismo.
El crecimiento de la beligerancia imperialista hacia China desde el colapso de la Unión Soviética es evidencia suficiente de que las burguesías del mundo no consentirán con las ambiciones de superpotencia de la burocracia de Beijing. Durante la última década, el Pentágono ha reubicado una porción significativa de sus fuerzas militares en la región de la Cuenca del Pacífico, mientras impulsa planes para su "escenario de defensa de misiles". Como resultado de su incursión en Afganistán y el Asia central, así como a su renovada presencia militar en Filipinas y otros lugares, EE.UU. ha fortalecido significativamente su cerco militar en torno a China. Al suscribir la "guerra contra el terrorismo" de EE.UU., Beijing sólo ha alentado la campaña contrarrevolucionaria del imperialismo estadounidense. La dirección china también se ha unido a la cruzada contra el programa de armas nucleares de Corea del Norte. Ésta es una traición nacionalista que mina al propio estado obrero deformado chino; una contrarrevolución capitalista en Corea del Norte solamente envalentonaría las fuerzas de la restauración capitalista que amenazan a China.
Con toda seguridad, los estalinistas chinos en el gobierno no son meramente pasivos frente al cerco militar estadounidense: recordemos su vigorosa respuesta a la provocación del avión espía de Washington hace dos años. El régimen del PCCh también ha resistido las exigencias estadounidenses a imponerle un embargo económico al estado obrero deformado norcoreano. Pero el sueño de opio de los estalinistas de que puede haber "coexistencia pacífica" con el imperialismo sólo puede adormecer la vigilancia de las masas chinas y minar la defensa de su propio estado obrero.
La alternativa a una contrarrevolución sangrienta y apoyada por el imperialismo es una revolución política proletaria. A lo largo de los últimos años, ha habido protestas populares y luchas obreras extendidas y de gran escala, especialmente en torno a los despidos masivos en empresas industriales de propiedad estatal. Hasta ahora, mediante una combinación de represión y concesiones, el régimen se las ha arreglado para mantener éstas a nivel de acciones económicas locales. Sin embargo, en sus cimientos China es una sociedad profundamente inestable. Tarde o temprano, las explosivas tensiones sociales harán estallar la estructura política de la casta burocrática gobernante. Y cuando eso suceda, el destino del país más poblado de la tierra será planteado tajantemente: revolución política proletaria que abra el camino al socialismo, o esclavitud capitalista y subyugación ante el imperialismo.
El resultado de esa batalla histórica será de importancia decisiva para las masas trabajadoras no sólo de China, sino del mundo entero. Como sucedió con la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética, la restauración del capitalismo en China envalentonaría aún más a los imperialistas para lanzarse contra sus propios obreros y contra los pueblos semicoloniales en todas partes. También elevaría las rivalidades entre los imperialistas sobre quién explotará a China, llevando al mundo mucho más cerca de una nueva guerra mundial interimperialista. Esto subraya la obligación del proletariado internacional de defender las conquistas de la Revolución China. Por otro lado, una revolución política llevada a cabo bajo la bandera del internacionalismo proletario realmente estremecería al mundo.
Un gobierno de consejos obreros y campesinos expropiaría sin compensación los cientos de miles de millones de dólares en riqueza productiva que poseen los capitalistas chinos —dentro y fuera de la China continental— y los inversionistas occidentales y japoneses. Restablecería una economía centralmente planificada y administrada —incluyendo el monopolio estatal sobre el comercio exterior— gobernada no por el arbitrario "direccionismo" de una casta burocrática cerrada sobre sí misma (que produjo desastres como el "Gran Salto Adelante" de Mao) sino por la más amplia democracia proletaria.
Tales medidas provocarían una intensa hostilidad imperialista, tanto militar como económica (por ejemplo, un embargo económico), pero entre los obreros y oprimidos internacionalmente, incluyendo en los propios países imperialistas, encontrarían una inmensa simpatía y solidaridad.
Imbuidos con las prédicas estalinistas del "socialismo en un solo país", puede que incluso los obreros chinos más izquierdistas vean el prospecto de una revolución socialista en los países capitalistas avanzados como remoto o utópico. Pero una revolución política proletaria desgarraría el clima ideológico de la "muerte del comunismo" propagado por la burguesía desde la destrucción de la Unión Soviética. Radicalizaría al proletariado de Japón, el poderoso centro industrial del este asiático. Encendería la lucha por la reunificación revolucionaria de Corea —mediante la revolución política en el asediado Norte y la revolución socialista en el Sur— y resonaría entre las masas del sur de Asia, Indonesia y las Filipinas, desangradas por la austeridad imperialista. Reviviría a los trabajadores de Rusia, que han estado sometidos por una década de miseria capitalista.
Sólo mediante el derrocamiento del dominio de clase capitalista internacionalmente, particularmente en los centros imperialistas de Norteamérica, Europa Occidental y Japón, puede alcanzarse la plena modernización de China como parte de un Asia socialista. Es para proveer la dirección necesaria al proletariado en estas luchas para lo que la LCI busca reforjar la IV Internacional de Trotsky: partido mundial de la revolución socialista.
Los elementos colectivistas centrales en la economía china
La dirección del PCCh describe a China oficialmente como una "economía de mercado socialista". Son los aspectos "socialistas" (es decir, colectivistas) los responsables de los acontecimientos económicos positivos que ha habido en China en los últimos años: la vasta expansión de la inversión en infraestructura (por ejemplo, construcción urbana, canales, vías férreas y el gigantesco proyecto de la Presa Tres Gargantas); y la capacidad que tuvo China para navegar exitosamente a través de la crisis económico-financiera del este asiático de 1997-98 y después de la recesión capitalista mundial generalizada. Y son los aspectos de mercado de la economía china los responsables por los acontecimientos negativos: la brecha cada vez más amplia entre ricos y pobres, el empobrecimiento de una fracción grande y creciente de la población, decenas de millones de obreros despedidos de empresas estatales, el ejército de migrantes empobrecidos en las ciudades que ya no pueden ganarse el sustento en el campo.
En la China actual, son los elementos colectivizados centrales de la economía los que siguen siendo dominantes, si bien no de una manera coherente y estable, debido a una siempre cambiante interacción entre políticas gubernamentales y acuerdos institucionales contradictorios. En 2001, las empresas estatales y semiestatales (corporaciones de accionistas) constituían el 57 por ciento del valor bruto de la producción industrial de China (Anuario estadístico de China [2002]). Pero esta simple cifra estadística obscurece la centralidad estratégica de la industria estatal. El sector privado (incluyendo la propiedad de extranjeros) consiste en su mayor parte en fábricas que producen manufactura ligera mediante métodos de trabajo intensivo. La industria pesada, los sectores de alta tecnología y la producción de armamento moderno están abrumadoramente concentrados en empresas estatales. Son estas empresas las que le han permitido a China poner un hombre en el espacio. Lo que es mucho más importante, es la industria estatal la que le ha permitido a China construir un arsenal de armas nucleares y misiles de largo alcance para detener la amenaza estadounidense de un ataque nuclear preventivo.
Todos los bancos importantes de China son estatales. Casi la totalidad de los ahorros personales —estimada en un billón de dólares— está depositada en los cuatro principales bancos comerciales de propiedad estatal. El control gubernamental del sistema financiero ha sido clave para mantener y expandir la producción en la industria estatal y para la expansión general del sector estatal.
Entre 1998 y 2001, el gasto público en China aumentó del 12 al 20 por ciento del producto interno bruto. El componente del gasto gubernamental más alto y de más rápido crecimiento ha sido la inversión en infraestructura, aumentando en un 81 por ciento en estos tres años. Además, esto sucede en un momento en el que todo el mundo capitalista —incluyendo a los países más ricos de Norteamérica y Europa Occidental— ha estado buscando la austeridad fiscal. El gasto total planeado para construir una red de canales para irrigación del Río Yangtze al Río Amarillo en el norte es de 59 mil millones de dólares. Otros 42 mil millones van a gastarse en la expansión de las líneas del sistema ferroviario estatal de China. En comparación, la inversión extranjera directa de todas las fuentes en China el año pasado sumaba 53 mil millones de dólares.
Hasta ahora, la continuación de la propiedad estatal del sistema financiero ha permitido al régimen de Beijing controlar efectivamente (aunque no totalmente) el flujo de dinero-capital que entra y sale del territorio continental chino. La moneda china, el yuan (también llamado renminbi), no es libremente convertible; no puede intercambiarse (legalmente) en los mercados monetarios internacionales. La convertibilidad restringida del yuan ha mantenido a China protegida de los movimientos volátiles de capital a corto plazo ("capitales golondrinos") que periódicamente hacen estragos en las economías de los países neocoloniales del Tercer Mundo, desde Latinoamérica hasta el este asiático.
Más aún, durante el año pasado el régimen de Beijing ha mantenido al yuan cada vez más subvaluado (en términos del "libre mercado"), para disgusto de los capitalistas estadounidenses, europeos y japoneses. Un país capitalista-imperialista de segundo orden, como Gran Bretaña, no hubiera podido controlar la tasa de cambio de su moneda en los mercados mundiales como lo ha hecho China. En cuestión de meses, si no de semanas, el dinero-capital especulativo inundaría la City de Londres forzando un encarecimiento de la libra, independientemente de lo que quisiera o hiciera el gobierno de Blair.
Son precisamente los elementos colectivistas centrales de la economía china arriba descritos los que las fuerzas del imperialismo mundial quieren eliminar y desmantelar. Su fin último es reducir a China a una maquiladora gigante bajo subyugación neocolonial. Jonathan Anderson, el "experto" en China del banco de inversión de Wall Street, Goldman Sachs, afirma: "La conclusión es que China se está convirtiendo en un centro manufacturero para el resto del mundo de bienes baratos de industria ligera y trabajo intensivo. Contrario a lo que actualmente se teme, el resto del mundo se está convirtiendo en un centro manufacturero para China en bienes de industria pesada y capital intensivo" (Financial Times de Londres, 25 de febrero de 2003). Aquí el hombre de Goldman Sachs está proyectando a la actual realidad económica de China los planes de Wall Street para el futuro del país.
Sin embargo, el que la burocracia de Beijing haya abandonado un monopolio estatal estricto sobre el comercio exterior sirve para facilitar los planes de Wall Street. Pese a su rápido crecimiento de los últimos años, la economía china es atrasada con respecto incluso a las menores potencias capitalistas-imperialistas. Hay una cantidad dramática de construcción ocurriendo en Beijing con grúas casi por todos lados. Pero como le contó a Workers Vanguard un camarada que visitó China recientemente: "El personal de las construcciones es siempre muy grande, sin mucho equipo de carga fuera de carretillas y picos. Una vez, en las afueras de Beijing, vi unos treinta hombres construyendo una pared de tres pisos con dos carretas de caballos llenas de ladrillos."
Si bien las exportaciones de China a EE.UU. y otros países occidentales siguen aumentando a niveles récord, éstas consisten mayormente de manufacturas ligeras, baratas y de bajos salarios y bienes de consumo, como ropa, juguetes y electrodomésticos. Como señala Jonathan Anderson, el aumento de la producción industrial bruta de China entre 1993 y 2002 —de 480 mil millones de dólares a un billón 300 mil millones— casi fue totalmente compensado por el aumento en sus compras en bruto de productos industriales, es decir, maquinaria y capital de equipamiento.
Con su productividad de mano de obra relativamente baja, la industria china no puede competir contra Estados Unidos, Japón y Europa Occidental en el mercado mundial. Lo que escribió Trotsky para refutar la doctrina estalinista del "socialismo en un solo país" en la Unión Soviética se aplica actualmente a China con toda su fuerza:
"Mediante las cifras de las exportaciones y las importaciones, el mundo capitalista nos muestra que, para reaccionar, cuenta con otras armas que la intervención militar. En las condiciones del mercado, estando medidas la productividad del trabajo y la del sistema social en su conjunto por las relaciones de precios, la economía soviética está más amenazada por una intervención de mercancías capitalistas a buen precio que por una intervención militar."
—La Internacional Comunista después de Lenin (1928)
El arma principal de que dispone un estado obrero aislado y relativamente atrasado económicamente contra la intervención de bienes más baratos es el monopolio estatal del comercio exterior, es decir, el control estricto sobre exportaciones e importaciones por parte del gobierno (para un tratamiento más completo de esta cuestión, ver: "Protestas obreras sacuden China", parte II, WV No. 782, 31 de mayo de 2002). Pero la respuesta definitiva al atraso económico de China, y el único camino hacia una sociedad socialista —es decir, sin clases, igualitaria— yace en la revolución socialista mundial y en la integración de China a una economía internacionalmente planificada.
http://www.icl-fi.org/espanol/oldsite/china22.htm
submitted by ShaunaDorothy to Espartaco [link] [comments]


2016.05.21 16:21 ShaunaDorothy Declaración de la Liga Comunista Internacional - ¡Derrotar al imperialismo mediante la revolución obrera—Defender a Serbia! (abril de 1999) (2 - 2)

https://archive.is/rbNL0
Ya en el número de abril-mayo de su Socialist News, el SLP no dice nada sobre derrotar al imperialismo, deja entrever un llamado a las tropas terrestres (“Ni Clinton ni Blair tienen ninguna intención de poner a sus soldados en Kosovo del lado del Ejército de Liberación de Kosovo”) ¡y llama al “secretario general de la ONU, Kofi Annan, al primer ministro Ruso, Yevgeni Primacov y al Papa a idear una forma de negociaciones de paz que detengan el bombardeo”! ¡Hablan de una alianza impía —el Papa, quien fue un operativo clave para la contrarrevolución de Solidarnosc en Polonia; el jefe de la ONU, quien invadió Haití y Somalia y hambrea a Irak y el Primer Ministro de la Rusia “postsoviética” capitalista— que el SLP busca que nos traiga la paz! La oposición de Scargill a la Solidarnosc financiada por el vaticano, fue empleada por el gobierno de Tatcher como una punta de lanza rompe sindicatos contra Scargill y los mineros británicos, antes y durante su huelga de 1984-85.
Los miembros del SLP que se quieran oponer al imperialismo británico deben entender que la tradición política del “viejo laborismo” a la que el SLP desea vívidamente volver es todo menos antiimperialista. La “izquierda” nacionalista de la “pequeña Inglaterra” del Partido Laborista previo a Blair estuvo del lado de su propio imperialismo de la India a Irlanda, hasta la “prueba de virginidad” a las mujeres asiáticas que buscaban ser admitidas en la Gran Bretaña. La línea del laborismo es el así llamado camino parlamentario al socialismo —como si la clase dominante entregara el poder estatal al proletariado después de una elección democrática—; mientras tanto, buscan participar en la administración “humana” del sistema capitalista. No se puede luchar contra la guerra imperialista sin una lucha revolucionaria contra el sistema capitalista que transpira guerra.
La clase obrera debe luchar contra la opresión nacional y racial
Bajo Lenin y Trotsky, los bolcheviques dirigieron a la masa trabajadora rusa a aplastar exitosamente al estado capitalista en octubre de 1917. Los bolcheviques sacaron a la Rusia revolucionaria de la masacre imperialista, y fundaron la Internacional Comunista con el propósito de extender la revolución mundialmente.
Pero, contrario a lo que pasó en Rusia, la aguda oportunidad revolucionaria presentada por la Primera Guerra Mundial no llevó al proletariado a derrocar a la burguesía en Europa Occidental. La principal responsabilidad de ello yace en la socialdemocracia. Estos sabuesos de la contrarrevolución sirvieron bien a sus amos burgueses, masacrando revolucionarios como los comunistas alemanes Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. La presión del cerco imperialista sobre el económicamente atrasado estado soviético; la devastación de la clase obrera rusa en la guerra civil, que aplastó a las fuerzas contrarrevolucionarias rusas e imperialistas y el fracaso de la extensión de la revolución proletaria, montaron el escenario para la contrarrevolución política en 1924 (el termidor) en el que el poder político fue usurpado por una casta parasitaria nacionalista encabezada por Stalin y sus herederos. Su falso dogma de “construir el socialismo en un solo país” significó en la práctica una acomodación al imperialismo. El programa estalinista de colaboración de clase ha llevado a la derrota de revoluciones obreras incipientes desde China en 1925-27 hasta España en 1936-39, hasta Italia en 1943-45 y Francia en mayo de 1968. Habiendo destruido la conciencia revolucionaria internacionalista del proletariado soviético, la burocracia estalinista devoró finalmente al estado obrero, introduciendo la contrarrevolución capitalista en 1991-92.
El presidente imperialista de EE.UU., Jimmy Carter, realizó la Segunda Guerra Fría bajo la rúbrica de los “derechos humanos”. Hoy, el imperialismo de los “derechos humanos” es el lema de los imperialistas y sus seguidores para justificar sus metas de guerra. Durante la Primera Guerra Mundial, la Gran Bretaña y Francia justificaron su guerra contra Alemania en el nombre de la liberación de Bélgica, mientras que Alemania clamaba luchar por la liberación de Polonia de Rusia. Lenin ridiculizó salvajemente esta farsa burguesa. Mientras que apoyaba fuertemente el derecho de Polonia a la autodeterminación, discutía que levantar esta consigna en el contexto de una guerra imperialista sólo podría significar “caer...en un bajo servilismo ante una de las monarquías imperialistas” (“Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación”, julio de 1916).
Hoy que las burguesías aúllan sobre el “pobrecito Kosovo”, perpetúan numerosas instancias de opresión nacional y racial, incluso en Europa Occidental. La burguesía francesa oprime y expulsa a miles de norafricanos y a otros sans papiers de “la belle France”. Alemania ha deportado a kurdos a la represión segura y a la probable muerte en Turquía, mientras que los refugiados bosnios fueron víctimas de las deportaciones masivas realizadas por el IV Reich. Italia hundió un barco de refugiados albaneses en alta mar. Las poblaciones roma y sinti son brutalmente atormentadas a lo largo de la Europa “socialista”.
La represión del pueblo vasco expone lo que significa la “unión europea” capitalista: la coordinación transnacional de terror estatal-policíaco contra los pueblos oprimidos que luchan por su liberación. ¡Exigimos la libertad para los nacionalistas vascos en las prisiones francesas y españolas, y llamamos por el derecho a la autodeterminación de los vascos, tanto al norte como al sur de los Pirineos!
La LCI lucha por la salida inmediata incondicional de las tropas británicas de Irlanda del Norte como parte de la lucha por una república obrera irlandesa dentro de una federación socialista de las Islas Británicas. En esta situación de pueblos interpenetrados, en la que la minoría católica es actualmente oprimida dentro del estado naranjista protestante, reconocemos que no hay solución equitativa a la opresión nacional fuera de la movilización del proletariado a lo largo de las Islas Británicas, por el derrocamiento revolucionario del imperialismo británico, aplastando al estado naranjista en el norte así como al estado clericalista católico del sur.
Mientras gritan sobre Milosevic, los imperialistas callan la opresión —incluyendo transferencias de población masivas forzadas— de kurdos en Turquía. El gobierno de Turquía, el bastión suroriental de la OTAN, ha realizado una guerra de 14 años en contra de la población kurda oprimida, que ha llevado a unos 30 mil a la muerte; ha destruido totalmente a 3,500 pueblos y forzado a más de tres millones de kurdos a huir de sus hogares. Es notable que el líder del pequeñoburgués nacionalista Partido Obrero del Kurdistán (PKK), Abdullah Ocalan fue tomado por la CIA y todos los países europeos le negaron el asilo al tiempo que en Alemania el PKK es ilegal. Nosotros decimos: ¡Libertad para Ocalan! ¡Abajo la persecución de los militantes kurdos! ¡Por una república socialista del Kurdistán Unido!
La faceta doméstica del nacionalismo burgués es el agudo incremento del racismo dirigido contra las comunidades europeas de inmigrantes de piel oscura y de Europa Oriental, que enfrentan las deportaciones masivas y la violencia estatal y fascista. Los inmigrantes que ya no son necesarios como “trabajadores huéspedes” para el trabajo sucio con salarios bajos son expulsados, mientras que la segunda generación, sobre todo los jóvenes, son vistos con menosprecio por los gobernantes: sin trabajo y sin futuro para estos jóvenes, la clase dominante les teme como un detonador a punto de explotar. A lo largo de Europa, los regímenes capitalistas administrados por supuestos “socialistas” desatan a sus policías para atemorizar a los jóvenes de las minorías; mientras que en la Gran Bretaña de Blair la opresión a los negros y a los asiáticos se ha vuelto una vergüenza tan aguda que el gobierno se vio forzado a reconocer el “racismo institucionalizado” en la policía.
La opresión racista está íntimamente ligada al mecanismo de la explotación capitalista. Los regímenes socialdemócratas y los gobiernos de frente popular (coaliciones que atan a los partidos de la clase obrera a la burguesía en el gobierno) han sido puestos en las oficinas de gobierno desde el colapso de la Unión Soviética, con el propósito expreso de destruir al “estado benefactor”. Los gobernantes capitalistas ya no sienten la obligación de mantener un alto nivel de vida para los obreros occidentales que compita con las prestaciones sociales de las economías planificadas de los estados obreros deformados de Europa Oriental que surgieron de la victoria del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Ya que la burguesía busca incrementar la tasa de explotación, los inmigrantes no son sólo el blanco para la deportación, sino que son usados como chivos expiatorios para el desempleo y el empobrecimiento. El racismo antiinmigrantes es el filo cortante de los ataques contra toda la clase obrera. Los intereses de la clase obrera y de las minorías deben avanzar juntos, o caerán por separado. El movimiento obrero debe luchar por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes y refugiados para defenderlos de la represión derechista.
Junto a la intensificación de las guerras de las burguesías en contra de sus propias masas trabajadoras, la derrota final de la Revolución de Octubre ha intensificado la reacción social, y como siempre, la mujer está entre los primeros blancos. La contrarrevolución capitalista en la antigua Unión Soviética y en la Europa Oriental ha pauperizado a las mujeres, sacándolas de los trabajos y llevándolas de regreso a la tiranía del “Kinder, Kirche, Küche” (“niños, iglesia, cocina”). A lo largo de Europa Occidental y de Norteamérica, el derecho al aborto está bajo un ataque concertado, mientras que en el así llamado “Tercer Mundo” (pero no sólo ahí), las fuerzas religiosas fundamentalistas están en una escalada de terror antimujer, buscando apuntalar cualquier tipo de obstáculo social y familiar para la emancipación de las mujeres.
La falsa izquierda difunde la ilusión de que poner a los socialdemócratas en el poder es una manera de “luchar contra la derecha” y contra los fascistas. Esto es una evidente mentira. Estos gobiernos capitalistas han perseguido sin descanso a los inmigrantes, mientras protegen a las bandas fascistas que esparcen su terror asesino. Apelar al racista estado burgués para que vete a los fascistas es sencillamente suicida e incrementa el arsenal de la represión estatal, que invariablemente se empleará contra la izquierda, no contra la derecha. ¡Luchamos por movilizar el poder social del proletariado organizado a la cabeza de todos los oprimidos para aplastar las provocaciones fascistas!
Los proletarios de piel oscura de Europa Occidental no son sólo víctimas indefensas, sino un componente importante de las fuerzas de la clase obrera, capaz de destruir al racista sistema capitalista. Sin embargo, para movilizar el poder del proletariado integrado se requiere una lucha política contra las direcciones socialdemócratas parlamentarias y sindicales que son las correas de transmisión del veneno racista en la clase obrera, y cuyas políticas procapitalistas han simplemente perpetuado las condiciones de empobrecimiento masivo y disparidad que sirven como terreno de cultivo para el fascismo. Sólo el compromiso activo en las luchas sociales urgentes contra la opresión racial y la represión puede sentar las bases para la unidad del proletariado multiétnico contra la burguesía. Pero los “dirigentes” del movimiento obrero persiguen la política opuesta al organizar, por ejemplo, policías racistas dentro de los sindicatos. ¡Los policías no son trabajadores! Exigimos: ¡Fuera policías de los sindicatos!
Para aplastar de una vez por todas a los fascistas Äpandillas armadas que el capital mantiene en reserva para utilizarlas contra la clase obrera— se requiere la revolución socialista. Pero los falsos izquierdistas, quienes siguen políticamente a los partidos socialdemócratas obrero-burgueses más grandes, son totalmente incapaces de dar un ataque intransigente contra el sistema capitalista. Es instructivo que la plataforma electoral del bloque de LO-LCR en las elecciones para el parlamento europeo ni siquiera menciona la palabra “socialismo”, por no mencionar “revolución”. Para estos tímidos reformistas, el programa máximo es volver a los viejos tiempos del “estado benefactor” Ä¡el programa de la socialdemocracia!—. El que la mayoría de los que alguna vez hablaron a favor de la IV Internacional, fundada por León Trotsky y destruida por el revisionismo, se hayan convertido en voceros de las políticas de la II Internacional, ¡a la que la heroica Rosa Luxemburg describió con exactitud como “un cadáver maloliente” desde tiempos de la Primera Guerra Mundial!, es una medida del retroceso de la conciencia del proletariado a partir de la destrucción de la URSS. En aguda distinción con estos seudotrotskistas, que se conforman abiertamente con el dominio capitalista, luchamos por nuevas revoluciones de Octubre, ¡lo que requiere el reforjamiento de la IV Internacional como un partido mundial de la revolución socialista!
¡Abajo Maastricht! ¡Por una Europa obrera!
Antes un apéndice diplomático a la alianza antisoviética de la OTAN, hoy la Unión Europea es un adjunto inestable para las prioridades económicas, militares y políticas de los capitalistas europeos, dirigido contra los obreros de Europa y los inmigrantes no europeos, así como contra los principales rivales imperialistas de Alemania: los EE.UU. y Japón. Con Alemania como su componente más fuerte, la Unión Europea es también una arena en la que se expresan los intereses fundamentalmente conflictivos de los principales estados burgueses europeos.
Dado que el capitalismo está organizado sobre la base de estados nacionales particulares, siendo él mismo la causa de repetidas guerras imperialistas para redividir al mundo, es imposible cohesionar un estado burgués paneuropeo. La idea de un “superestado” europeo progresista, como la que predican Jospin, Schröder y otros, es una mentira descarada. Como Lenin observó hace mucho, unos Estados Unidos de Europa capitalistas son imposibles o reaccionarios:
“Por supuesto que los acuerdos temporales entre los capitalistas y entre las potencias son posibles. En este sentido también lo son los Estados Unidos de Europa, como acuerdo entre los capitalistas europeos... ¿sobre qué? Sólo la forma de aplastar en común el socialismo en Europa y defender en común las colonias de las que se han apoderado por la violencia, contra Japón y Norteamérica.” (“La consigna de los Estados Unidos de Europa”, agosto de 1915)
En contraste, Workers Power de hecho sostiene que la UE es progresista, o potencialmente progresista, con el argumento de que “hasta cierto punto, los trabajadores europeos estarán mejor armados para luchar a escala continental después de la implementación de los términos de Maastricht” (Workers Power, junio de 1992). Así, WP se convierte en el vocero de la Europa “unida” capitalista. Como Trotsky escribió de los centristas de su tiempo: “Pero es ley que los que temen romper con los social-patriotas se transforman inevitablemente en sus agentes.” (“Lecciones de Octubre”, 4 de noviembre de 1935) En una parodia de cretinismo parlamentario, ¡WP incluso llama por una asamblea constituyente de toda Europa!
Similarmente, LO tiene una posición abstencionista sobre Maastricht. En realidad, estos grupos actúan como demócratas de izquierda, tratando de poner una cara “democrática” a la reacción capitalista. Nosotros estamos con Lenin. La “unidad” de la UE ha estado dirigida contra el proletariado y los oprimidos: lluvia de bombas contra Yugoslavia, vigilancia de fronteras contra inmigrantes “ilegales”, la entrega de Ocalan a las cámaras de tortura en Turquía.
Una declaración para el parlamento europeo emitida por el SLP de Scargill llama por sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea. Titulada “Vote por nosotros en la UE para sacarnos de ella”, la declaración presenta a la UE y al Tratado de Maastricht como la causa principal del creciente desempleo y el empeoramiento general de las condiciones económicas. Esto obscurece el hecho de que, con o sin el Tratado de Maastricht, el principal enemigo de los obreros de cada país es su “propia” burguesía. La Gran Bretaña de Thatcher fue la pionera en el desmantelamiento del “estado benefactor”, años antes de que hubiera alguna discusión seria sobre una moneda europea común. Nuestra oposición a la UE se basa en una perspectiva internacionalista proletaria, no en el proteccionismo nacionalista del SLP. Sólo el derrocamiento del capitalismo mediante la revolución obrera y el establecimiento de unos Estados Unidos Socialistas de Europa, como parte de una sociedad socialista mundial, pueden sentar la base para el desarrollo de los recursos productivos que genuinamente beneficiarán a la humanidad.
¡Reforjar la IV Internacional!
Impactada agudamente por el colapso económico asiático, la economía japonesa ha sufrido su mayor crisis en 50 años. El imperialismo japonés, por su parte, ha reaccionado con un intento agresivo de restaurar el militarismo burgués. Cuando los EE.UU. y sus aliados de la OTAN comenzaron su cortina de misiles crucero y bombas contra Serbia, la marina japonesa disparó contra dos buques sospechosos de ser espías norcoreanos. Esta es apenas la segunda vez desde el periodo de la posguerra que la marina dispara sus armas, siendo la otra en 1953 contra la URSS cerca de Hokkaido.
Una declaración del Grupo Espartaquista de Japón (GEJ) señaló:
“Aunque endosa la masacre de EE.UU./OTAN contra los serbios, la clase dominante japonesa está bien consciente de que el papel del imperialismo estadounidense como el principal policía mundial se dirige también contra ella, la principal rival imperialista de los EE.UU. en el pacífico. Desde la destrucción de la Unión Soviética, el tratado de seguridad Japón-EE.UU. se ajusta cada vez menos a los verdaderos intereses de la burguesía japonesa. Teniendo ya el segundo más grande gasto militar en el mundo, el imperialismo japonés empuja las guías militares revisadas para preparar sus propios ejército y marina listos para la batalla.”
Afirmando “Ni un hombre, ni un yen para el ejército imperialista”, el GEJ enfatizó que la lucha contra la guerra imperialista no puede conducirse de manera separada y aparte de la lucha de clases:
“Los trabajadores japoneses deben unirse a los trabajadores desde Indonesia y las Filipinas en la lucha por un Asia socialista, en la defensa militar incondicional de China, Corea del Norte y Vietnam contra el ataque imperialista y por la revolución política proletaria. Lo que se necesita es un partido proletario intransigente para dirigir a la clase obrera al poder estatal.”
La aguda escalada de las rivalidades interimperialistas, reflejada en el crecimiento del militarismo burgués en los EE.UU., Europa y Japón, expresa una ley fundamental del imperialismo. El imperialismo no es una política que pueda hacerse más humana, como los liberales y los reformistas sostienen, sino la “fase superior del capitalismo”, como Lenin la definió: “El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en la cual ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido una importancia de primer orden la exportación de capital, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de todo el territorio del mismo entre los países capitalistas más importantes.”
Lenin polemizó tajantemente contra la teoría del “ultraimperialismo” de Kautsky, hoy resucitada como la “globalización”, que sostenía que las grandes potencias capitalistas podían acordar pacíficamente la explotación conjunta del mundo mediante el capital financiero unido a nivel internacional. Lenin afirmó, al contrario, que “bajo el capitalismo no se concibe otro fundamento para el reparto de las esferas de influencia, de los intereses, de las colonias, etc., que la fuerza de los participantes en el reparto, la fuerza económica general, financiera, militar, etc.” El pequeño número de potencias imperialistas están envueltas en una lucha implacable por mejorar su posición relativa de competencia incrementando la tasa de explotación de su clase obrera nacional, saqueando al mundo colonial y semicolonial y tomando mercados a costa de sus rivales. Así, está sentada la base para nuevas guerras para redividir al mundo según las fuerzas relativas cambiantes de los imperialistas. Como Lenin afirmó: “las alianzas ‘interimperialistas’ o ‘ultraimperialistas’ en la realidad capitalista, y no en la vulgar fantasía pequeñoburguesa de los curas ingleses o del ‘marxista’ alemán Kautsky —sea cual fuera su forma: una coalición imperialista contra otra coalición imperialista, o una alianza general de todas las potencias imperialistas— no pueden constituir, inevitablemente, más que ‘treguas’ entre las guerras.” (Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo)
El punto de vista sostenido por falsos izquierdistas como Workers Power de que un superestado capitalista europeo se puede construir con medios pacíficos es simplemente una variante moderna de la teoría de Kautsky. Otra variante es la perspectiva de que la existencia de armas nucleares restringirá a los capitalistas imperialistas —al menos a los imperialistas “democráticos”Ä de recurrir a una nueva guerra mundial. En una polémica contra el Comité por una Internacional Obrera de Peter Taaffe, señalamos que esto
muestra una conmovedora fe en los imperialistas democráticos, quienes arrojaron por nada bombas atómicas contra sus ya derrotados enemigos al final de la Segunda Guerra Mundial. Los “izquierdistas” de hoy, que esperan racionalidad y restricción de los gobernantes capitalistas, deliberadamente tienen memorias cortas: quienes bombardearon Vietnam tienen poca racionalidad y aún menos escrúpulos.
Existe un elemento de fatuosidad en la suposición de parte de la burguesía estadounidense de que la debilidad y endeudamiento de Rusia le impedirá intervenir militarmente. La Rusia de los zares no era fuerte cuando decidió movilizarse contra Austria (y, por lo tanto, Alemania) en la Primera Guerra Mundial. Ninguno de los combatientes se detuvo ante tan “racional” cálculo; todos esperaban que la guerra terminara en unos cuantos meses. Es así como empiezan las guerras, y, en este aspecto, nuestros oponentes centristas son tan tontos como las burguesías a las que siguen. No estamos enfrentándonos a un sistema social racional, sino al imperialismo. Sólo la revolución socialista mundial puede salvar al mundo de un resultado bárbaro.
Escribiendo en la secuela de la llegada de Hitler al poder, el líder revolucionario ruso y fundador de la IV Internacional, León Trotsky, escribió: “La catastrófica crisis comercial, industrial, agraria y financiera, la ruptura de los lazos económicos internacionales, la decadencia de las fuerzas productivas de la humanidad, la insostenible agudización de las contradicciones entre las clases y entre las naciones señalan el ocaso del capitalismo y confirman la caracterización leninista de que la nuestra es una era de guerras y revoluciones.” El concluyó “La guerra y la IV Internacional” (1934) afirmando que: “Es indiscutible que en nuestra época sólo la organización que se apoye en principios internacionales y forme parte del partido mundial del proletariado podrá echar raíces en terreno nacional. ¡Ahora la lucha contra la guerra significa la lucha por la Cuarta Internacional!” Buscamos llevar adelante el trabajo iniciado por el camarada Trotsky: ¡Reforjar la IV Internacional!
http://www.icl-fi.org/espanol/oldsite/SERBIA.HTM
submitted by ShaunaDorothy to Espartaco [link] [comments]